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Antonio y los tres consejos de Salomón: una leyenda de Arborea
 

Antonio y los tres consejos de Salomón: una leyenda de Arborea

Hace muchos años, en un pueblo al confín entre las regiones de Arborea y de Sinis, vivía un buen hombre llamado Antonio que tenía una pequeña tienda. Una mañana, mientras iba a su tienda para abrirla, encontró un cadáver en frente de la entrada. Muy asustado y con el timor que la policía le pudiera acusarlo de homicidio, huyó del pueblo sin ni siquiera avisar a su familia de esa desgracia.
Se fue hacia Núoro y a medio camino decidió pararse en un pueblo de montaña y empezar una nueva vida. Algunos días después, le ofrecieron de trabajar como criado en una grande finca. El dueño de esos campos era llamado por todos Salomón porque era un hombre muy sabio.
Pasados veinte años al servicio de ese dueño, Antonio decidió volver a su hogar y pidió a Salomón lo que le tocaba para sus servicios, porque nunca había pedido dinero hasta entonces:sólo alojamiento y de comer. Salomón estuvo de acuerdo y le entregó 300 dineros.Pero Antonio, acordándose de la sabiduría de su dueño le preguntó: “¿Cuánto quieres para darme un buen consejo?”. “Cien dineros”, contestó Salomón. Antonio aceptó, y el dueño le dijo: “ Nunca dejes el camino viejo para el nuevo”.
A Antonio pareció muy poco, y le pagó otros 100 dineros para recibir un segundo consejo. “Nunca te metas en asuntos ajenos”, dijo el dueño. Estaba a punto de marcharse cuando pensó de pedir otro consejo con sus últimos 100 dineros. Salomón le contestó: “La rabia y las preocupaciones de hoy, déjalas para mañana”. Antonio se sintió satisfecho. Abrazó a Salomón pero ese, antes de despedirle, le dio un gran pan y le recomendó comerlo sólo cuando llegara a su hogar junto a su familia. “No lo toques antes, por ningún motivo”, le advirtió calurosamente. Luego Antonio se fue para casa: no veía la hora de abrazar sus queridos después de muchos años.
A medio camino encontró a una comitiva que iba a una boda sobre una tracca (un coche de bueyes decorado a fiesta). Le dijeron de montar sobre el coche para hacer juntos un tramo, pero Antonio se acordó de las palabras de Salomón: “Nunca dejes el camino viejo para el nuevo”. Por lo tanto dio las gracias y declinó la invitación.
Después haber recorrido unos kilómetros, oyó por ahí cerca el ruido de unos disparos. Y luego gritos. Muy espantado,esperó un rato. Después unos centenares de metros, encontró en el medio del camino, el coche de la comitiva: habían sido matados, probablemente por un atraco. Antonio se acordó del consejo de Salomón y se sintió aliviado.
Retomó el camino hacia casa y al anochecer, se paró en un caserío y pidió hospitalidad.Le abrió un viejo pastor que le ofreció de comer. Acabada la cena, el dueño de casa abrió una pequeña puerta y desde la habitación a oscuras, se oyeron los lamentos de un hombre muy viejo, delgado y sin ojos que pedía de comer.El pastor le dio de malas ganas un plato con un poco de sopa y cerró la puerta otra vez. Antonio se quedó sin palabras y no pidió explicaciones acordándose del segundo consejo de Salomón.
El viejo pastor se quedó maravillado del comportamiento de su huésped, que le explicóò: “Lo que ocurre en esta casa son asuntos que no me interesan”. “Bravo, haz bien – dijo el pastor – Tienes que saber que aquel hombre era mi mejor amigo, pero un día me traicionó y dejó que la policía me arrestara por un atraco. Cuando salí de la cárcel, volví a casa y no encontré a mi familia: todos habían muerto por hambre. Por eso pillé a mi ex amigo, le saqué los ojos encerrándole en esa habitación, donde se quedará hasta la muerte. Si me hubieras preguntado algo, te habría matado como hize con otros viandantes. Antonio tembló de miedo y se fue a dormir.
Poco antes de la madrugada, huyó de la casa: era la segunda vez en poco tiempo que los consejos de Salomón le habían ayudado. Finalmente llegó a su vieja casa cerca de Oristano. Pero, cuando estaba a pocos pasos de la verja, notó luces y adornos y oí voces alegras. Luego vio a su mujer vestida de fiesta, alegre y rodeada de chicos guapos. Antonio sintió celos, y malos pensamientos le atormentaron. Pero se acordó del tercer consejo de Salomón y decidió pedir hospitalidad a sus vecinos por la noche.
Le abrió una mujer que lo reconoció en seguida y le explicó las razones de tanta alegría en su casa: le enseñó uno de los chicos que estaba al lado de su madre y le dijo que era su hijo mayor que acababa de ser padre. Antonio se avergonzó un poco por sus malos pensamientos. Dio las gracias a la vecina y echó a correr hasta casa, donde su mujer y sus queridos quedaron surprendidos de volver a verle después de muchos años, pero al mismo tiempo felices de volver a abrazarle.
Hubo una gran fiesta, para los dos acontecimientos.Cuando los huéspedes se fueron, Antonio llamó a su familia, cogió el pan de Salomón y lo partió: en el interior encontró 300 dineros. Una lágrima apareció en su rostro por la emoción, acordándose de las tres recomendaciones del viejo y sabio dueño. Echó del vino a todos y brindó en honor de Salomón: sus advisos le habrían servido hasta los últimos años de su vida.


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